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Fotografía Abel

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“Aquella cocina siempre me había intrigado. Desde mi más remota infancia siempre fue el lugar preferido para mis juegos y andanzas. Su amplitud, sus dos niveles, su antigüedad, y sobre todo su pozo, habían creado en mí la mayor sensación de aventura y misterio que pudiera desear un niño. Miraba las viejas sillas de madera trabajadas por las expertas manos del ebanista, y creía e imaginaba ver sentados en ellas a mi bisabuelo y a los hermanos de su esposa, separando las mejores mazorcas de maíz o decidiendo cual era el mejor momento para hacerse a la mar. Observaba de crío, la robusta mesa de roble donde antaño se preparaba la masa del pan y literalmente puedo afirmar que mi imaginación era capaz de recrear escenas familiares que bien pudieron ocurrir más de un siglo atrás, siendo capaz de respirar el aroma de pan recién horneado. Oía el eco de conversaciones centenarias mantenidas en gallego por la bisabuela y sus hijas... De sus paredes colgaban ollas, cubiertos, y cacerolas, de al menos un siglo y medio de antigüedad. Acariciando con mis infantiles manos la pulida superficie metálica de aquellos utensilios, sentía como se creaba un nexo de unión mística con mis antepasados. Se puede decir que siempre me fascinó el paso del tiempo, y el tinte nostálgico con el que envuelve a los objetos. Gustaba de recuperar la historia no escrita de las cosas cotidianas, imaginando hasta el último detalle. La boca del pozo me seducía con sus leyendas silenciosas, en su interior ocultaba mi imaginación tesoros y secretos, a los que se unía el miedo hacía lo desconocido.”
"Vídeo de la exposición en Arrigorriaga, 2008"
Pirineos
Pirineos
Espacio natural
Jaizkibel

Pinturas Abel

Cartel Surrealista 1993
Cartel Surrealista 1993

Mis amigos en Jimdo

El lobo Gallego

“Me dirigí a la habitación pensativo. Abrí la puerta lentamente, deseando que Raquel hubiera acertado en sus suposiciones. Esta era otra cuestión dudosa. Raquel se comportaba como la ama de llaves del caserón cuando suponíamos que pertenecía a la otra facción. Estaba claro que reunir la mayoría de las piezas del puzzle iba ha ser complicado. Lo primero que hice una vez dentro de la habitación fue comprobar armarios y ver si estaban vacíos. Raquel acertó. Lo segundo fue liberarme del maldito lastre de la pesada mochila. La descolgué de mi espalda y la arrojé con intenciones homicidas a un rincón. Mis ojos se clavaron en la cama, y un segundo más tarde, y medio salto después, me hallaba tumbado en la misma. Recorrí el dormitorio con la mirada, mientras una paradisíaca sensación de bienestar invadía todo mí ser y reconfortaba mis cinco sentidos.

Cuadros del autor

"La última cena, Marionetas, Aurrerapena iltzailea, la fuga de cristo, la teta de María"